El cómic lleva décadas saliendo de los quioscos para instalarse en museos, galerías y estudios de artistas, pero pocas muestras lo explican con tanta amplitud como Comic in Contemporary Art. Iconos, mito y narrativa. Desde el 9 de abril y hasta el 23 de agosto de 2026, esta exposición ocupa el Centro de Historias de Zaragoza con un recorrido que cruza cultura popular, arte contemporáneo y memoria visual sin tratar el cómic como simple guiño decorativo, sino como un lenguaje con peso propio.
Comisariada por Antonella Montinaro y producida por el Ayuntamiento de Zaragoza junto a GACMA, la muestra reúne 70 obras de 32 artistas de referencia internacional. La idea que la vertebra es clara: las viñetas, los personajes reconocibles, la línea nítida y el color plano han dejado de ser territorio exclusivo del entretenimiento para convertirse en herramientas de pensamiento, crítica y relato. ¿Qué ocurre cuando Superman, Mickey Mouse, el manga japonés o el pop art entran en el mismo espacio expositivo? La respuesta aquí no es teórica, sino visual, y se construye obra a obra.
Del quiosco al museo
El recorrido arranca con una de las grandes mutaciones visuales del siglo XX: la apropiación del cómic por parte del arte contemporáneo. Andy Warhol y Roy Lichtenstein abrieron una puerta decisiva cuando, desde el Pop Art, llevaron imágenes nacidas para la cultura de masas al terreno de la obra artística. Sus trabajos no solo cambiaron el modo de mirar la publicidad, la viñeta o el icono popular; también demostraron que lo aparentemente banal podía convertirse en materia de análisis estético y cultural.
A partir de ahí, la exposición propone leer el cómic como una gramática que ha atravesado disciplinas, fronteras y generaciones. Los personajes de la Edad de Oro de los superhéroes, con Superman o Spiderman al frente, aparecen entendidos como mitologías modernas, figuras que condensan tensiones sociales, políticas y culturales de su tiempo. Junto a ellos, iconos como Mickey Mouse o Popeye recuerdan hasta qué punto la animación y el dibujo industrial acabaron formando parte del imaginario colectivo global. No se trata solo de nostalgia: se trata de comprender por qué esas imágenes siguen funcionando como símbolos compartidos.
La fuerza de esta primera parte reside en que no mira el cómic desde arriba, como si fuese un lenguaje menor, sino desde dentro de su potencia narrativa. Sus recursos, desde la secuencia hasta la simplificación formal, han servido para que muchos artistas traduzcan ideas complejas con una inmediatez que el arte contemporáneo ha sabido aprovechar. Y esa tensión entre accesibilidad y crítica es precisamente una de las claves de la exposición.
Pop art, figuración narrativa y política de la imagen
Si el Pop Art legitimó el uso de la iconografía popular en el arte, la figuración narrativa llevó ese impulso hacia un terreno más político y más incómodo. En la exposición aparecen nombres como Valerio Adami, Eduardo Arroyo, Erró, Hervé Télémaque o Equipo Crónica, junto a referencias de la vanguardia como Claes Oldenburg y Eduardo Paolozzi. En todos ellos, el lenguaje del cómic deja de ser una cita amable para convertirse en una herramienta de lectura crítica del presente.
Esa línea es especialmente interesante porque conecta dos impulsos que a menudo se presentan por separado: el placer visual y la reflexión social. Las imágenes con apariencia inmediata, casi publicitaria, esconden capas de comentario sobre la historia, la ideología, la representación del poder y la manipulación de los relatos oficiales. Frente a la solemnidad de ciertos discursos artísticos, estos creadores trabajaron con la ironía, el fragmento y la apropiación para desmontar jerarquías culturales.
En el caso de artistas como Eduardo Arroyo o Equipo Crónica, la relación con el cómic no fue una moda ni un simple préstamo formal. Fue una manera de intervenir en la cultura visual de su tiempo con un tono reconocible, directo y cargado de intención. El resultado es un territorio donde la imagen popular ya no sirve solo para entretener, sino también para cuestionar. ¿Puede una viñeta alterar la lectura de la historia? Esta exposición responde que sí, y lo hace con obras que muestran hasta qué punto el dibujo, el color y la secuencia pueden ser armas críticas.