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Cómic y arte contemporáneo se encuentran en Zaragoza

31 de julio de 2026 · Sebas Fernández

Cómic y arte contemporáneo se encuentran en Zaragoza
Comic in Contemporary Art en Centro de Historias, Zaragoza. Foto: zaragoza.es

El cómic lleva décadas saliendo de los quioscos para instalarse en museos, galerías y estudios de artistas, pero pocas muestras lo explican con tanta amplitud como Comic in Contemporary Art. Iconos, mito y narrativa. Desde el 9 de abril y hasta el 23 de agosto de 2026, esta exposición ocupa el Centro de Historias de Zaragoza con un recorrido que cruza cultura popular, arte contemporáneo y memoria visual sin tratar el cómic como simple guiño decorativo, sino como un lenguaje con peso propio.

Comisariada por Antonella Montinaro y producida por el Ayuntamiento de Zaragoza junto a GACMA, la muestra reúne 70 obras de 32 artistas de referencia internacional. La idea que la vertebra es clara: las viñetas, los personajes reconocibles, la línea nítida y el color plano han dejado de ser territorio exclusivo del entretenimiento para convertirse en herramientas de pensamiento, crítica y relato. ¿Qué ocurre cuando Superman, Mickey Mouse, el manga japonés o el pop art entran en el mismo espacio expositivo? La respuesta aquí no es teórica, sino visual, y se construye obra a obra.

Del quiosco al museo

El recorrido arranca con una de las grandes mutaciones visuales del siglo XX: la apropiación del cómic por parte del arte contemporáneo. Andy Warhol y Roy Lichtenstein abrieron una puerta decisiva cuando, desde el Pop Art, llevaron imágenes nacidas para la cultura de masas al terreno de la obra artística. Sus trabajos no solo cambiaron el modo de mirar la publicidad, la viñeta o el icono popular; también demostraron que lo aparentemente banal podía convertirse en materia de análisis estético y cultural.

A partir de ahí, la exposición propone leer el cómic como una gramática que ha atravesado disciplinas, fronteras y generaciones. Los personajes de la Edad de Oro de los superhéroes, con Superman o Spiderman al frente, aparecen entendidos como mitologías modernas, figuras que condensan tensiones sociales, políticas y culturales de su tiempo. Junto a ellos, iconos como Mickey Mouse o Popeye recuerdan hasta qué punto la animación y el dibujo industrial acabaron formando parte del imaginario colectivo global. No se trata solo de nostalgia: se trata de comprender por qué esas imágenes siguen funcionando como símbolos compartidos.

La fuerza de esta primera parte reside en que no mira el cómic desde arriba, como si fuese un lenguaje menor, sino desde dentro de su potencia narrativa. Sus recursos, desde la secuencia hasta la simplificación formal, han servido para que muchos artistas traduzcan ideas complejas con una inmediatez que el arte contemporáneo ha sabido aprovechar. Y esa tensión entre accesibilidad y crítica es precisamente una de las claves de la exposición.

Pop art, figuración narrativa y política de la imagen

Si el Pop Art legitimó el uso de la iconografía popular en el arte, la figuración narrativa llevó ese impulso hacia un terreno más político y más incómodo. En la exposición aparecen nombres como Valerio Adami, Eduardo Arroyo, Erró, Hervé Télémaque o Equipo Crónica, junto a referencias de la vanguardia como Claes Oldenburg y Eduardo Paolozzi. En todos ellos, el lenguaje del cómic deja de ser una cita amable para convertirse en una herramienta de lectura crítica del presente.

Esa línea es especialmente interesante porque conecta dos impulsos que a menudo se presentan por separado: el placer visual y la reflexión social. Las imágenes con apariencia inmediata, casi publicitaria, esconden capas de comentario sobre la historia, la ideología, la representación del poder y la manipulación de los relatos oficiales. Frente a la solemnidad de ciertos discursos artísticos, estos creadores trabajaron con la ironía, el fragmento y la apropiación para desmontar jerarquías culturales.

En el caso de artistas como Eduardo Arroyo o Equipo Crónica, la relación con el cómic no fue una moda ni un simple préstamo formal. Fue una manera de intervenir en la cultura visual de su tiempo con un tono reconocible, directo y cargado de intención. El resultado es un territorio donde la imagen popular ya no sirve solo para entretener, sino también para cuestionar. ¿Puede una viñeta alterar la lectura de la historia? Esta exposición responde que sí, y lo hace con obras que muestran hasta qué punto el dibujo, el color y la secuencia pueden ser armas críticas.

El estallido global del neopop japonés

En una muestra de estas características, el bloque dedicado al neopop japonés actúa como uno de los grandes focos de atención. Takashi Murakami y Yoshitomo Nara han convertido el manga y el anime en lenguajes de alcance internacional, capaces de hablar de consumo, soledad, identidad y deseo sin perder su potencia formal. Sus obras dialogan con el universo del cómic, pero lo hacen desde una sofisticación que ha atravesado museos, ferias y colecciones privadas de todo el mundo.

Murakami ha sabido transformar la estética del anime en una firma visual reconocible, asociada a la vez al mercado global y a una lectura irónica de la cultura de masas. Nara, por su parte, trabaja con figuras infantiles, miradas desafiantes y una aparente inocencia que se resquebraja enseguida. Ambos conectan con una generación de artistas que entiende la cultura popular no como un fondo decorativo, sino como un campo cargado de tensiones emocionales y simbólicas.

Junto a ellos aparece KAWS, quizá uno de los nombres más claros para entender cómo el vocabulario del cómic y la animación ha saltado del arte a la cultura popular contemporánea. Sus figuras, reconocibles por su mezcla de ternura, extrañeza y marca visual, funcionan como emblemas de un tiempo en el que el límite entre obra, objeto y fetiche se ha vuelto mucho más poroso. En esta exposición, su presencia ayuda a leer el cómic no como una herencia cerrada, sino como un sistema vivo de signos que sigue mutando.

Del muro al presente digital

La exposición también reserva espacio para el arte urbano, un territorio donde el lenguaje del cómic encontró una vía natural de expansión. Banksy, Keith Haring, D*Face o Raymond Pettibon llevaron esa estética más allá de las galerías y la situaron en paredes, calles y contextos donde el arte se mezcla con la urgencia del mensaje. En ellos, la línea rápida, el personaje esquemático y la imagen de impacto no son recursos menores, sino formas de hablar con claridad en entornos saturados de estímulos.

Ese paso al espacio público cambió la forma de entender la relación entre imagen y espectador. La viñeta dejó de estar confinada al soporte impreso y empezó a funcionar como una señal inmediata, capaz de circular con velocidad y de condensar una postura crítica en muy pocos elementos. Precisamente por eso, artistas como Riiko Sakkinen, Rich Simmons o Coté Escrivá aparecen aquí como herederos de una tradición que sigue actualizándose con ironía y lectura globalizada.

También resulta sugerente la presencia de nombres como Jamie Hewlett, Todd McFarlane o Julian Opie, vinculados a la intersección entre cómic, diseño y música pop. Sus obras muestran hasta qué punto la estética de la historieta ha influido en la animación, la identidad visual y la cultura gráfica de varias décadas. Añadiendo a Damien Hirst, Ai Weiwei, Ricardo Cavolo, Fernando Bellver, Pepe Rodríguez, Judas Arrieta y Mahomi Kunikata, el recorrido amplía el mapa hacia lo social, lo simbólico y lo experimental. El cómic, visto desde aquí, no pertenece a un solo género ni a una sola época: se ha convertido en un recurso flexible para hablar del presente con códigos que cualquiera reconoce.

Una lectura del arte global desde la imagen popular

Más que una exposición sobre la historia del cómic, Comic in Contemporary Art. Iconos, mito y narrativa plantea una lectura transversal del arte global desde la imagen popular. Esa es una de sus mayores virtudes: no obliga a elegir entre alta cultura y cultura de masas, porque trabaja justo en la fricción entre ambas. La muestra demuestra que los personajes nacidos para el entretenimiento también pueden cargar con memoria política, deseo, melancolía o crítica social.

En conjunto, la selección permite seguir una línea que va del Pop Art a la posmodernidad, del cartel y la viñeta al museo, del icono reproducido al objeto artístico. Las 70 obras reunidas en Zaragoza no funcionan como un catálogo de nombres famosos, sino como un conjunto de pruebas sobre la persistencia de ciertos lenguajes visuales. Allí donde otros discursos se vuelven demasiado herméticos, el cómic mantiene una capacidad extraordinaria para sintetizar ideas complejas con una economía de medios muy precisa.

También hay algo de ajuste de cuentas con la historia del arte. Durante mucho tiempo, la cultura popular fue tratada como un territorio menor, casi periférico. Esta exposición desmonta esa jerarquía con argumentos visuales y con una selección de autores que han trabajado precisamente en ese cruce. No es casual que aparezcan artistas de procedencias, generaciones y lenguajes tan distintos: la exposición quiere mostrar que el cómic no es un estilo cerrado, sino una forma de narrar el mundo que sigue dando juego a quienes buscan nuevas maneras de mirar.

Una cita para mirar de otra manera

Hasta el 23 de agosto de 2026, esta exposición ofrece un recorrido muy bien armado para quien quiera ver cómo el cómic ha pasado de ser un lenguaje asociado al ocio a convertirse en una herramienta central del arte contemporáneo. En la primera planta del Centro de Historias, la propuesta se despliega con una combinación de nombres muy reconocibles y lecturas más amplias sobre la cultura visual del último siglo.

Queda, además, una idea muy poderosa: detrás de cada superhéroe, cada figura de animación y cada personaje de trazo limpio hay una historia sobre cómo miramos, consumimos y recordamos las imágenes. Esa es la verdadera materia de esta muestra, y también la razón por la que sigue teniendo sentido reunir en un mismo espacio a Warhol, Murakami, Banksy o Equipo Crónica cuando se quiere hablar del presente desde la imagen popular.

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